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Tumbada, en el suelo de mi terraza, contemplo el cielo detenidamente. Arropada por un manto de estrellas estoy a la espera de una estrella fugaz a la que compartirle mis deseos.

Agosto siempre ha sido un buen mes para detenerme, para parar y escucharme. Para subirle el volumen a la voz de mi alma, a esa que, casi sin palabras, me habla de todo aquello que anhelo, que deseo y sueño, la que me muestra todo aquello que es importante para mi. Esa voz que, con el trajín de la rutina, el ruido del día a día, hacen que por inercia, me entretenga en el “HACER” y me olvide de “SER”.

Me encanta tumbarme, como ahora, en las noches de verano a contemplar el cielo y entretenerme en coincidir con esas estrellas fugaces que llenan el cielo sobre la mitad de agosto. Aprovecho esos momentos para revisar, para hacer un recorrido de los caminos que fui cogiendo y recorriendo, para observar los laberintos en los que me metí, para darme cuenta de los aprendizajes en los que ando inmersa. Pero, sobre todo, me encanta imaginar, visualizar, sentir y conectar con todo aquello que deseo y darme el permiso de soñar tan alto como mi imaginación es capaz de volar.

Se convierte en un momento mágico en el que libero mi mente y lanzo al universo todo aquello que quiero que se manifieste en mi vida. Mágico por sagrado, especial e íntimo. Un momento en el que empiezo a darle forma a mis sueños, imaginando, visualizando, escribiendo y coloreándolos con mi mundo emocional.

Y tú ¿qué haces para conectar y manifestar tus sueños?

Si quieres que te acompañe a descubrirlos, puedes contactarme por privado.