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Esta mañana, aún abrazada por las sábanas y acogida por la mullida almohada, un agradable olor a café me dibujó una leve sonrisa en mi cara. Aún sin abrir los ojos retocé en una larga y profunda respiración mientras mi cuerpo se estiraba activando el movimiento y la flexibilidad.
El olor a café… ese olor a hogar que siempre revolotea en casa de mis padres a primera hora de la mañana acompañado de la generosidad y la alegría de mi madre iniciando el día.
Abrí los ojos y recorrí con cariño cada rincón de mi habitación, esa habitación que fue testigo de tantos momentos de mi vida, de aquellos momentos en los que tenía prisa por vivir.
A mi mente vienen los momentos en los que corría y corría, a veces sin destino, sentido, ni razón. Cuando ese mismo olor a café me retorcía las tripas porque me recordaba que era hora de salir “pitando” hacia todos aquellos “tengo que” que llenaban mi tiempo. Ese tiempo que percibía inflexible y que nunca daba para todo aquello que quería hacer.
Esos momentos en los que devoraba experiencias en un intento de saciar el hambre de vida que la falta de sentido me traía. Donde no sabía parar, donde no sabía escuchar ni escucharme para poder atender mi urgencia de vida. Donde mi mente andaba dando saltos entre el pasado y el futuro pasando por alto el único instante que tenía y tengo para vivir, construir y donde puedo experimentar mi libertad de elegir: el momento PRESENTE.
Eso me lleva a parar mi mente y volver a este instante, al intenso olor a café y esa generosidad y alegría de mi madre empezando el día, a la risa de mi hermana y mi sobrina en la habitación de al lado, al sonido del agua de mi padre en la ducha.
A parar y escuchar a mi cuerpo que me pide incorporarse y refrescarse para mitigar el calor de este día de agosto.
Parar y escuchar la emoción de AMOR infinito que acaricia cada célula de mi cuerpo y me invita a seguir PRESENTE para compartir y saborear este momento como si fuera el primero y el último.
Saborear ese café lleno de cálidos abrazos, de conversaciones compartidas, de miradas, de confidencias, bromas, rica comida y, sin lugar a dudas, de VIDA.
Y tú ¿Qué haces para saborear la vida?